El ecoturismo es una actividad para la recreación del espíritu; hombre y naturaleza se confunden en una vivencia contemplativa y silenciosa. En este nivel, la tierra, el agua y el viento, se personalizan, y la mente transporta al observador a inéditas regiones de armonía disipativa.
En la provincia de Chiriquí existen numerosos puntos (la mayoría poco conocidos) en los cuales se pueden experimentar estas gratas sensaciones por el contacto con la prístina naturaleza. Cristalinos ríos y quebradas brotan de las sinuosas pendientes del volcán Barú y la Cordillera del Tabasará y en los bosques montanos habita una compleja y variada comunidad de seres vivos.
Los Mameyes, región septentrional del corregimiento de Potrerillos Arriba, en el distrito de Dolega, con altitudes superiores a los 1,000 metros, es uno de esos parajes seductores. Desde allí se divisa Alto Boquete, el Golfo de Chiriquí, el edificio volcánico de Chorcha y todas las tierras bajas del Pacífico occidental chiricano.
Para llegar a Los Mameyes un automóvil de doble tracción debe avanzar -desde Potrerillos Arriba- unos 6.5 kilómetros en dirección norte. En el camino, a la derecha, se encuentra una pequeña cascada formada por Quebrada La Cruz, la cual puede apreciarse descendiendo por una pendiente de unos 60 metros. El tránsito por el declive es trabajoso, pero la magnífica panorámica que se divisa desde ese punto compensa el esfuerzo.
Los Mameyes, región septentrional del corregimiento de Potrerillos Arriba, en el distrito de Dolega, con altitudes superiores a los 1,000 metros, es uno de esos parajes seductores. Desde allí se divisa Alto Boquete, el Golfo de Chiriquí, el edificio volcánico de Chorcha y todas las tierras bajas del Pacífico occidental chiricano.
Para llegar a Los Mameyes un automóvil de doble tracción debe avanzar -desde Potrerillos Arriba- unos 6.5 kilómetros en dirección norte. En el camino, a la derecha, se encuentra una pequeña cascada formada por Quebrada La Cruz, la cual puede apreciarse descendiendo por una pendiente de unos 60 metros. El tránsito por el declive es trabajoso, pero la magnífica panorámica que se divisa desde ese punto compensa el esfuerzo.
Al finalizar el camino de Los Mameyes, exactamente a 1,456 m.s.n.m., uno se topa con un bosque húmedo donde abundan árboles de cedro, mamecillo, bambito, abrojo, siguatón, sigua, coralillo y maría; palmas de tigre y palmas rabo de gallo. A todo ello se suma la hermosa variedad de epífitas, musgos, helechos y orquídeas que luchan por participar de la luz que penetra a través de las copas de los árboles. Nuestro guía, Ricardo Gonzá¡lez Pittí (1972), pudo identificar ejemplares de mamey de montaña que se levantan en ese enrevesado bosque. Lo más probable es que por ellos deviene el nombre del caserío dolegueño. También nos informó Ricardo que en el área, algunas veces, se aprecian patos de río, conejos pintados (uno de los animales de caza más perseguidos en Panamá), tigrillos y manigordos.
Penetramos en ese bosque porque andábamos tras la pista de una cascada, posiblemente de 60 metros, cercana a la toma de agua que abastece a las comunidades de la región. El nacimiento del rio Pedro era nuestro objetivo. Lamentablemente, el chorro estaba seco. En el primer mes del año, con el descenso de las precipitaciones, la cascada desaparece y vuelve a manifestarse cuando retornan las lluvias.
Otro día volveremos para captar esa espectacular cabellera líquida que se desprende desde la cima de una enorme mole rocosa erguida en el bosque. No obstante, pudimos apreciar el gran cuidado que los lugareños ofrecen al sitio para preservar la fuente de agua que les da la vida.
Otro día volveremos para captar esa espectacular cabellera líquida que se desprende desde la cima de una enorme mole rocosa erguida en el bosque. No obstante, pudimos apreciar el gran cuidado que los lugareños ofrecen al sitio para preservar la fuente de agua que les da la vida.
Para quien piense que el viaje resultó infructuoso, solo contemplar desde Los Mameyes el ósculo etéreo que se dan la tierra, el mar y el cielo, con sus distintas tonalidades, hizo que esta nueva expedición de Culturama, tras las cascadas chiricanas, valiera la pena.
Fotos: Olmedo Miró y Milagros Sánchez Pinzón (22 de marzo de 2009).
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