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lunes, 1 de abril de 2013

EL COCLE DEL NORTE, AUTOPISTA FLUVIAL HACIA EL CARIBE...

Milagros Sánchez Pinzón. email: mspinzon@gmail.com



Para los Carnavales de 2013, visitamos fugazmente la Granja Alternativa del politico Humberto López Tirone, en Coclesito,  lugar famoso por ser refugio del general Torrijos durante sus años en el poder. Aquí nos dijeron que podíamos llegar al Caribe navegando por el río San Juan de Turbe.  




Quedamos con el gusanillo de la curiosidad instalado inmediatamente en nuestro ser, y  pensamos que tan pronto como dispusiéramos de los tres días requeridos para armar esta travesía retornaríamos a las tierras que tanto amó el General,  esas que por su nombre parecieran de la provincia de Coclé pero que se encuentran en las tierras boscosas de Donoso, en el suroccidente de Colón.



Así fue como el Viernes Santo, en companía de Roger Patiño, Aleida Batista y Olmedo Miró, arribamos nuevamente a la Granja Alternativa  de Coclesito, donde además de hospedaje, en un ambiente increíblemente acogedor,  nos brindarían la alimentación de esos días y nos harían el contacto para navegar hacia el Caribe.


El sábado 30 de marzo a las siete de la mañana, nos pusimos en manos de Fernando Rodríguez y su hijo Cándido.  Ellos dirigirían el bote con motor fuera de borda  que partió del Puerto Calabo  con rumbo norte.  Según la herramienta digital Google Earth serían como 33 km. por las corrientes de agua hasta besar el Caribe.


Primero navegamos por el río San Juan de Turbe que se une con el río Coclesito para formar la corriente del Coclé del Norte.   Mientras avanzábamos, la destreza de los boteros era evidente. Había que sortear numerosos rápidos y, en algunos puntos, valerse de unas varas para sobrepasar los tramos de escasa profundidad.   Ellos nos ilustraron sobre el intenso movimiento que hay en esa zona hacia las entrañas de la selva donde se puede  “lavar oro”.   Es en esa región donde están instaladas dos transnacionales extrayendo el preciado metal.


La selva  era impresionante, así como aquellos segmentos donde la tala refleja el avance de la frontera agrícola.   Olmedo y Aleida, observadores de aves, divisaron varias especies, entre ellos el martin pescador, el águila pescadora, el tucán picoiris y el tucán piconegro, el más grande del país.
A lo largo de esa "autopista fluvial" fueron apareciendo casi una decena de pueblos que viven interrelacionados  con esa dinámica masa de agua.  Los caseríos de  Santa Lucía, Gallinero,  Boca de Toabré,  San Lucas, Cuatro Calles… Hombres, mujeres y niños manejaban diestramente los cayucos, unos con motor y otros con remos.

Tres horas exactas tardamos en llegar al pueblo de Coclé del Norte, en la Costa Abajo de Colón. Decenas de personas se preparaban para cruzar una peligrosa barra de arena en botes que se elevaban hasta los 45 grados de inclinación.  Todo ese movimiento a pesar de que el galón de gasolina allí se compra a $6.50.  Unos iban para Platanal, otros para Miguel de la Borda, el punto que los comunicaría vía terrestre con la capital provincial.   Las nubes tormentosas sobre la costa le daba una tonalidad  grisácea a las aguas marinas.

En ese pueblo colonense, Práxedes Baltazar y su familia nos deleitaron con un arroz con aceite de coco, pollo guisado y una ensalada de tomate y pepino.  Necesitábamos de esas viandas para remontar   el río Coclé del Norte y retornar a Coclesito.  Ir en contra de la corriente requería un esfuerzo enorme de los boteros.

El regreso a la Granja Alternativa estuvo acompañado de nubes que desparramaron su deliciosa lluvia durante el trayecto de casi cinco horas  e hizo más excepcional ese tiempo de contemplación y relajamiento.

De ahora en adelante, Coclesito no será solo el sitio donde  pasó mucho tiempo y a la vez pereció, el 31 de julio de 1981, el hombre fuerte de Panamá,  será ese lugar especial donde hombre y naturaleza todavia se confunden en un fuerte e indeleble abrazo…

domingo, 24 de marzo de 2013

DESDE LA CUMBRE DEL CERRO PUNTA...

Milagros Sánchez Pinzón. email: mspinzon@gmail.com


Cada vez que visitaba Cerro Punta, esa hermosa comunidad de las tierras altas bugabeñas, epicentro de la producción hortícola del país,  me impresionaba divisar el monte que dio el nombre a  todo ese fértil valle circundado por  otras masas volcánicas portentosas.


No sabía que hasta su cúspide existía un sendero que algunos exploradores se aventuraban a recorrer para alcanzar sus 2,375 metros de altitud y contemplar, desde ese punto, algunas de las panorámicas más llamativas de la región.

Fue Carlos Fonseca Grajales*, un  entusiasta y  políglota guía turístico de Volcán, apasionado de la observación de aves, quien me descubrió la posibilidad de ascender  al punto máximo de esta mole ígnea, cuyo  flanco oriental lo conforma una pared rocosa vertical y,  en el resto de los costados, aparece una exuberante vegetación.

Dirigidas por Carlos, emprendimos junto con Marla Palacios el ascenso de la montaña.  Eran las 9 de la mañana del domingo 24 de marzo de 2013 y nos habían referido que la travesía exigía tres horas, pues desde lejos, puede apreciarse que existen pendientes de hasta 45 grados.

Iniciamos la caminata  en Entre Ríos (a 1,875 metros sobre el nivel del mar); cruzamos el puente sobre la Quebrada Las Mirandas  y surcamos  varios sembradíos de apio, cebollina, papas, repollo chino y lechuga. Aunque era domingo,  gran parte de  los caseríos vibraban en sus afanes agrícolas.
Ascender los 500 metros no fue tarea fácil.  En algunos puntos  el terreno era resbaladizo, primero por el polvo y luego  por las hojas del sotobosque.  Ramas de bambú y  raíces de los árboles nos servían de sujetadores, aunque en algunos  tramos, Carlos debió recurrir a una cuerda que llevamos para superar casos como estos.


Después de la primera hora de camino, Marla resultó afectada por la presión atmosférica y reducción de oxígeno que se registran a esas elevaciones y  decidió no avanzar más para dejar que el resto prosiguiera hasta la cumbre. Estábamos a mitad del trayecto.

Consumimos otra hora más. Era la primera vez que transitaba en altitudes superiores a los 2 mil metros sin tener como objetivo una cascada, pero aunque no escuché el mágico sonido del agua al precipitarse por una caída,  desde la cima del Cerro pudimos contemplar  la particular amalgama del paisaje natural  (el Chiriquí Viejo y sus afluentes, cerros,  colinas y bosques) y cultural (casas, caminos, cultivos, escuelas, iglesias, comercios) que se desprende del Valle de Cerro Punta.  Las nubes blanquecinas se paseaban fugazmente muchos metros más abajo  y un colchón de ellas escondía al Barú, el testigo silencio de los siglos.



Tomamos todas las fotografías que pudimos, nunca más estaríamos en ese sitio. Descender resultó mucho más fácil. Marla nos esperaba leyendo algo entre las inmensas piedras que le sirvieron de refugio.

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Cuatro horas conllevó la exploración por el  imponente Cerro Punta, ya no miraremos con nostalgia la belleza  de ese edificio ígneo,  porque alcanzamos su cumbre para  disfrutar y compartir  su posición privilegiada sobre el inmenso Valle…




*  Giras turísticas y guía para observación de aves en Tierras Altas de Bugaba, con Carlos Fonseca Grajales.  Celular 6569-2703.










sábado, 3 de noviembre de 2012

PORTOBELO, GLORIA Y DOLOR...

Por: Milagros Sánchez Pinzón. mspinzon@gmail.com. ombysa


Mi amigo, el capitán Livingston, ha llegado a Panamá después de meses de navegar por el Atlántico y el Caribe.  Ha atracado en Portobelo  (la Bahía que descubrió Cristóbal Colón en 1502), para después cruzar el Canal de Panamá y proseguir  a donde le lleven los vientos del Pacífico.

Como siempre, por su invitación, aprovecho las andanzas del velero Cataya por los mares  del mundo para conocer diferentes puertos y ciudades.  


Mi primera visión de Portobelo fue decepcionante, tengo que decirlo aunque me duela porque se trata de la gente de mi país: la basura abunda por casi todas las calles.  No comprendo cómo un sitio declarado Patrimonio Histórico de la Humanidad por la UNESCO pueda mantenerse en condiciones tan lamentables, cuando es una potencia turística no solo por su importancia histórica sino también por su belleza natural.

Me cuesta adaptarme.  Mi mente rechaza la desidia en la cual parece aletargada la población y  me anodada el por qué las autoridades  locales  y nacionales, no han aplicado programas especiales para la puesta en valor de esta joya histórica y  litoral de Colón.   Comprendo que todo es cuestión de educación, he visto lugares similares en el Caribe, América Central y Sudamérica, algunos  con menos potencialidades pero su gente y líderes han sabido dirigir los recursos existentes al desarrollo inteligente del turístico histórico. 



Superada la barrera psicológica de la aprensión, decido comenzar a captar con mi cámara los sitios más inmediatos a mi punto de anclaje, testigos mudos de cientos de vivencias increíbles (eso si, no puedo tomar fotos de los puntos negativos): La Casa Rodríguez, edificio de principios del siglo XVII, con su pozo y hornos antiquísimos, sede actual de la Autoridad del Turismo;  la Aduana o Real Contaduría, un inmueble que data de 1630 y guarda todavía parte de su esplendor renacentista.  Ahí me encuentro con dos lindas y traviesas niñas: Jacqueline (de madre africana) y Angie (de madre dominicana) nacidas en el Porto Bello.



La Batería de Santiago, proyectada en 1753, construida después del ataque del pirata Vernon a Portobelo.  Y es que Portobelo fue uno de los más importantes puertos coloniales; por aquí pasaba el oro y la plata de las minas sudamericanas hacia la Madre Patria, de ahí que fuera el epicentro de los ataques corsarios durante décadas. 



Por estos mismos suelos que recorro, hace 324 años, Henry Morgan, acompañado de más de 460 hombres, saqueó todo el  Puerto durante catorce días, torturó, violó y asesinó a sus pobladores.  Todo lo robado se lo llevó en nueve galeones.



Francis Drake, quien tenía como objetivo principal establecer una base inglesa permanente en Panamá  para poner en jaque los dominios españoles en el Caribe, murió en este sitio de disentería cuando contaba con  56 años.  Su cadáver fue arrojado en un ataúd en esta Bahía  sobre la que se mece hoy el Cataya. De la misma manera pasaron y arrasaron Portobelo,  William Parker y el almirante Edward Vernon.

Ya en mi ultimo día por este histórico pueblo que no supera los 3,000 habitantes,  me llevó una agradable sorpresa:  han limpiado un poco el caserío y un pintoresco museo tiene sus puertas abiertas en el vetusto edificio de la Aduana o Real Contaduría.  Disfruto de un pequeño documental (realizado con el apoyo de la Agencia Española de Cooperación y me recuerda el proyecto que adelantamos sobre los Guaraperos de 1866, para exhibirlo en la Sala de Coto de nuestro Casco Antiguo de David) sobre la historia del Puerto, de cómo fue  lugar de gloria y riqueza durante las famosas ferias en épocas pretéritas, pero también sitio de dolor y muerte por las inclemencias filibusteras.



Portobelo tiene numerosos ingredientes para atraer a nacionales de otros puntos y a miles de extranjeros: la belleza del mar, una costa extremadamente verde por la presencia del Parque Nacional con su exuberante y lujuriosa vegetación,  albergue de una rica  y variada fauna, el conjunto monumental de fuertes, edificios  y baterias  españolas,  y  la cultura afrocolonial colorida y chispeante de los grupos humanos que pueblan toda la costa arriba de Colón.




Me ánimo a escribir estas líneas pero meditando en cómo puede mejorar  la imagen de este  diamante en bruto,  tan solo con proyectos de pintura de las modestas casas y la limpieza permanente de las calles.  Tarea que pueden ejecutar los moradores apoyados por la empresa privada y las autoridades locales y regionales.   Las potencialidades existen, falta un cambio de actitud y mucha, pero mucha voluntad.