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miércoles, 25 de julio de 2012

REGRESO AL MEDITERRANEO AMERICANO...


Por: Milagros Sánchez Pinzón  (mspinzon@gmail.com) ombysa

El capitán Livingston ha tenido un accidente en su velero Cataya, en viaje desde Martinica hacia la isla de Saint Lucia.  Nada grave, pero amerita que le sean llevados unos documentos dejados en David.  Aunque el plan inicial era anclar el barco en Puerto La Cruz, Venezuela, para guarecerlo en la temporada de huracanes  y  alcanzar el Salto Angel, este incidente marítimo me induce nuevamente por las aguas del Mediterráneo americano: el Caribe.
La partida de ciudad de Panamá fue placentera. El tiempo del domingo 22 de julio de 2012 era favorable para viajar a las 7:38 a.m. de la terminal de Tocumen hacia el Princesa Juliana Aeropuerto, en Sint Maarten, donde haría una escala de ocho horas hasta abordar el vuelo que me llevaría a la inglesa isla de Saint Lucía. Como siempre, elijo una ventana para poder extasiarme con las multiformes y coloridas nubes y con las costas de Colombia y Venezuela, países sobre los cuales se vuela en este periplo de casi tres horas. 

Con tanto tiempo disponible, programé visitar Phillisburg, la capital del lado holandés de Sint Maarten, y por ello  dispuse entregar mi maleta y registrarme en la línea aérea, que a las 7:35 de la noche, me trasladaría hasta Santa Lucía.  Pero no podía creer lo que me informó el joven que me atendió: los panameños necesitan visa para entrar a la pequeña isla.  


En mi rudimentario inglés le dije que no podía ser, que había investigado por internet cuando compré los boletos (también adquiridos por la red) y se decía lo contrario.  El chico me enseñó la página (bastante usada) y, efectivamente, aparecía PANAMA en la lista de países que requerían visado.  

Contrariada e imaginando todo lo que esto representaba, se me agolpaban las preguntas en la cabeza.   ¿Habrá un consulado de Santa Lucia (lo dudo), como saldré de aquí, es domingo no hay nada abierto,  perderé mis quince días de vacaciones y regresaré a Panamá por mi estúpida negligencia, debí comprobar lo del visado de otra manera?

Busqué a alguien que hablara español y pudiera orientarme.  Una dominicana del servicio de información del Aeropuerto me recomendó fuera a la oficina de la aerolínea LIAT y allí, otra ciudadana de habla inglesa, se enteró en  mi “machucada”  lengua de Shakespeare lo que me estaba pasando.   La dama, fríamente, buscó en un libro de 2009 la lista de países que requerían visado para Saint Lucía y, milagrosamente, mi diminuto Istmo no estaba.   Llamó al chico encargado del “check in” y le aclaró.  Al joven no le quedó más remedio que volver a recibirme con mi pasaporte celeste y registrarme para que tomara el vuelo nocturno.  Después de pasar este tremendo susto -que espero no lo viva otro panameño-  por una página tan importante con información obsoleta, entonces me fui tranquila a Phillisburg.
La ciudad era otra, casi desierta, nada parecida a la que había visto en marzo reciente.  Las  marinas casi vacías, las playas con poca gente. Los negocios, de toda clase, permanecían cerrados en un 95%.   Voy a la misma Great Bay donde me tomé una foto meses atrás y me sorprendo de la somnolencia del lugar. 

Paty, una peruana, con sus hermanos, hijos y sobrinos,  que disfrutan de las celestes aguas del Caribe, me aclara que así es la isla. De diciembre a abril es la temporada de cruceros y llegan hasta diez  diarios,  por eso hay un turismo fuerte que marca el movimiento comercial,  pero  de mayo a noviembre todo languidece.    Ella lleva ocho años en Sint Maarten, labora en una distribuidora con unos galos y le agrada el sitio, aunque no ha sido fácil se ha adaptado a él, amalgama de tantas culturas:  holandesa, inglesa, francesa, caribeña y latinoamericana.

Me quedo con la numerosa familia suramericana buen rato. Ellos han oído de Panamá por el Canal y por los Panama hat.  No  saben quién es su presidente pero si que allá es más barato comparado con otros países.  Paty, Germán, Vanessa, y los pequeños Kensy, Daysi, Angelo y Patrick,  se dejan tomar una foto acompañados por Mordela, su perro, el único que es un  verdadero saintmartineño.
Decido que ya puedo retornar al aeropuerto, he hecho lo que casi nunca hago: volver  a un lugar ya visitado.   Me queda la enorme interrogante ¿de qué vivirá la gente aquí en los siete meses en los cuales no llegan las embarcaciones con sus miles de turistas a bordo?  ¿Qué será de ellos?    Sin saber la respuesta tomo un autobús que, por dos dólares, me regresará al Princesa Juliana a escribir estas líneas  mientras espero mi vuelo a Saint Lucía.    Cuáles serán las novedades de  ese otro mundo insular, solo espero que sean agradables sorpresas…

* Mi Mac tiene problemas con la antena de wi-fi así que mis artículos estarán atrasados.

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