Fundado el 21 de agosto de 1988 en David, Chiriquí. República de Panamá

lunes, 2 de julio de 2012

LAS ZPARTANAS POR LOS CHORROS DE LOS ANGELES...


Por: Milagros Sánchez Pinzón. Culturama. mspinzon@gmail.com

Mi amigo Manuel Martínez, capitán de Los Linces en Chiriquí, conocedor de mi pasión por las ecoaventuras, me obsequió unas botas diseñadas por él mismo: las Zpartanas, que ofrece en su negocio (Zpartano) ubicado en la Calle del Tamarindo, entre la Calle de las Hermanas y el Callejón de Salvadorcito, muy cerca de la Medalla Milagrosa en el Casco Antiguo de David.


Tenía meses de no respirar el aire puro de las montañas y de arrobarme con el mágico sonido de las caídas de agua, así que ya era hora de estrenar mis nuevas botas exploradoras.  Después de convidar a varios amigos, solo  tres de mis alumnos aceptaron el reto: Indiana Johnson, Reydell Quintero y Fátima Aguirre.


Como siempre, la jornada inició a tempranas horas del domingo  1 de julio de 2012.  Culturama fue el punto de encuentro con el busito federalista que, en esta ocasión, nos llevaría lo más cerca del río Chorchita a donde iríamos tras los saltos de agua.


Tomamos la Interamericana y doblamos en Veladero de Chiriquí hacia Rincón.  Pasamos Mata Rica, Galerita y, finalmente, descendimos del vehículo en el cruce de Los Ángeles-Chorchita (a 24 kilómetros de David).   El camino lodoso no permitiría al microbus avanzar más.    Ya habíamos recogido al lugareño  Deivis Estribí, quien nos serviría de guía, armado como nosotros de sus botas y un buen machete para abrir trocha  donde fuera necesario.


“Volamos canilla”, decía Deivis en su lenguaje popular. Es decir, caminamos rápido para ser gente urbana y así lo reafirmó Manuel Justavino, quien se sumó al grupo expedicionario.  Fue una acertada decisión invitarlo,  Manuel se convirtió en un guía excelente y cordial,  conocía todos los  rincones de esos parajes.


Después de caminar 7 kilómetros llegamos a la Escalera de Los Ángeles, como bautizamos a la primera de las caídas de agua (luego nos dirían que le llamaban Benedicta).  La impresionante “cabellera líquida” alcanza de 10 a 12 metros y es muy angulada, discurre por un manto de helechos que provoca un desplazamiento más lento de la corriente.   Solo nos tomamos unas fotos y en su ribera izquierda decidimos merendar. Unos emparedados y jugo eran suficiente, nos esperaban otros saltos aguas abajo y debíamos ganar tiempo.



Avanzamos por el cauce hasta alcanzar un puente. Aquí Manuel decidió tomar otra ruta para descender al río Chorchita.  Llevábamos cuatro horas caminando entre subidas y bajadas de los cerros, potreros y bosques de galería,  pero el esfuerzo valdría la pena.




Al toparnos nuevamente con el riachuelo, grata sorpresa nos inundó a todos:  un inmenso árbol de mayo irrumpía en el arroyo y se erguía entre enormes bloques rocosos,  era el compañero silencioso de otro salto de agua.  Urgimos a Manuel a que le diera nombre y así quedó: el Salto Mayo,  de pocos metros de altura pero de una singular belleza.



Proseguimos río arriba para toparnos entonces con el Chorro del Guarumo (un cecropia imponente adornaba el sitio); tenía unos diez metros quizás de alto y en su margen izquierda descendía finamente otra “serpiente de agua”, por cuyo lecho rocoso escalamos para alcanzar  la más alta y espectacular de las cascadas del Chorchita: el Salto de los Caballeros.



En la cúspide del Chorro del Guarumo captamos un arco iris que se posaba sobre los verdes contrastes de la floresta.  Este exuberante bosque es el que permite la existencia de estos asombrosos elementos del paisaje.


Frente al Salto de los Caballeros (con sus 25 metros aproximado de alto) varios de los exploradores lanzamos gritos de alegría;  pocos mortales han tenido la oportunidad de disfrutar semejante espectáculo de la naturaleza.


Un viento fuerte y frío se encajonaba en este punto.  Pese a ello, Indiana  y yo decidimos recibir la finísima lluvia que se desprendía de la cascada.  Las rocas enquistadas en el cauce  eran portentosas.
Sudados, enlodados y un poco cansados volvimos a la superficie desde el Chorchita, entre una vegetación enmarañada y una pendiente de 45 grados.

Seis horas y media nos “perdimos” entre esos estupendos parajes, pero ninguno se lamentó de ello, al contrario, Manuel espera que pronto regresemos y nos tendrá un delicioso sancocho de gallina de patio. El, como casi todos los hombres y mujeres de nuestros campos, se sienten más felices en sus tierras y se convierten en obsequiosos anfitriones cuando se comparte con ellos las bellezas naturales que les circundan.

Creo que las Zpartanas, las botas, no las exploradoras -aunque también podrían denominarnos así-  pasaron su primera prueba extrema…



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