Fundado el 21 de agosto de 1988 en David, Chiriquí. República de Panamá

domingo, 26 de febrero de 2012

AVENTURA EXTREMA POR MACHO DE MONTE...

Por: Milagros Sánchez Pinzón. Semanario Culturama. mspinzon@gmail.com


Desde hace varios años había admirado las fotografías de los chorros formados por el río Macho de Monte y la Quebrada Grande, en los límites entre Bugaba  y Boquerón, a casi 1,000 metros sobre el nivel del mar, muy cerca de la comunidad de Cuesta de Piedra.   Incluso, pedí una imagen prestada  para ilustrar la contraportada de mi libro Boquerón, donde la montaña ronca, porque son unas caídas fenomenales de las cuales siempre he estado “enamorada”.
Había intentado llegar hasta estos saltos para fotografiarlos, pero el permiso que debe solicitarse  a una compañía hidroeléctrica española para tomar el mejor de los caminos  me detuvo  hasta hoy,  cuando acompañada por mi  amigo Gabriel Sánchez y de mi alumno Yonathan Víquez, nos atrevimos a atravesar el cañón del Macho de Monte y descender por sus  escarpadas pendientes para capturar con nuestros lentes  esas hermosas “cabelleras de agua”.
Adquirí un arnés de seguridad para  la que sería una empresa  casi extrema, pero no resultó tan eficiente como el diseñado por el intrépido Gabriel.  Con varias cuerdas que sirvieron de eslingas, nos introducimos a la corriente a eso de las 9 de la mañana.  El sol aparecía y se escondía mientras avanzábamos por las esmeraldinas aguas  encajonadas entre las murallas rocosas  que, en algunos puntos, se erguían hasta los 20 metros. 
La estación seca es la temporada ideal para realizar la travesía por el túnel pétreo del Macho de Monte…  durante la temporada de lluvias resulta peligroso.   Aún así, en algunos puntos era necesario nadar para avanzar hasta el sitio donde terminaba el cañón y se desprendía la más importante de las cascadas.
Decenas de hilillos de agua corrían por las paredes  que nos flanqueaban y un escalón rocoso con una potencia hidráulica increíble nos sorprendió a pocos metros del salto buscado.  Gracias a la valentía y empuje de Gabriel, Yonathan y yo pudimos superar esa fuerte prueba.
La bajada por la vertiente rocosa que daba vida al salto principal del Macho de Monte  no resultó fácil, sobre todo porque el tiempo cambió de repente y nuestro experimentado compañero temió que podría formarse una cabeza de agua, con lo cual era urgente salir del estrecho cauce.  
Otra vez Gabriel nos orientó y ayudó con las cuerdas  para que pudiéramos descender por la pendiente y, una vez abajo,  nadar hasta la orilla donde el lecho del río se extendía ampliamente.  El, segundos después,  se lanzaría desde las alturas al soberbio y profundo charco formado por la cascada.
Tuvimos que caminar varios cientos de metros más para salir del torrente, muy cerca de la casa de máquinas de la Hidroeléctrica.   
La travesía por el cañón del Macho de Monte  exigió cuatro horas y nos íbamos un poco decepcionados, porque cuando estábamos en el paraje más maravilloso del lugar, el que deseábamos atrapar  para siempre con  la tecnología digital, la Panasonic Lumix estaba inundada. 
 
Parece que estos saltos se resisten a sumarse a nuestra colección fotográfica, quizás desean que emprendamos otra gran aventura por sus dominios y así, podamos extasiarnos nuevamente  con su inefable belleza.
Fotos: Milagros Sánchez Pinzón.


martes, 14 de febrero de 2012

EL PIANISTA...

El lunes 20 de febrero de 2012, el semanaro educativo Culturama estará proyectando la galardonada película  inglesa «El Pianista», dirigida por Roman Polanski.
 
Wladyslaw Szpilman, un brillante pianista polaco de origen judío, vive con su familia en el ghetto de Varsovia. Cuando, en 1939, los alemanes invaden Polonia, consigue evitar la deportación gracias a la ayuda de algunos amigos. Pero tendrá que vivir escondido y completamente aislado durante mucho tiempo, y para sobrevivir tendrá que afrontar constantes peligros.

Espléndida película en la que Polanski ambienta con admirable realismo el guetto de Varsovia -una cárcel de indignidad, muerte y sufrimiento- para mostrar la barbarie nazi y la supervivencia judía con crudeza sin caer en efectismos.

No se pierda esta formidable película. Donación B/.1.50. En la casa de Culturama, en Avenida 6ta. Este, la Calle del Fresco, en el Casco Antiguo de David.

viernes, 10 de febrero de 2012

DERROTADA POR EL ATLANTICO...

Milagros Sánchez Pinzón. Culturama.  mspinzon@gmail.com


Había creído que me sentiría como Cristóbal Colón cuando viajó del Viejo Mundo hacia las Indias Occidentales,  pero creo que mis emociones estuvieron -en algunos momentos- más cercanas a la de los  esclavos en los navíos negreros. 
A tempranas horas del domingo 5 de febrero partí en el velero Cataya,  de la Bahía de todos los Santos, en Salvador de Bahía, Brasil,  con rumbo a la isla de Barbados, en el Mar Caribe.  Serían unas 2,500 millas y veinte días de travesía por el inmenso Atlántico.
El capitán Livingston me advirtió que este periplo no sería nada fácil, su experiencia de casi cuarenta  años en el mar  y haber cruzado más de veinte veces  las aguas que separan a África y a Europa de América, le obligaban  a advertirme.   Las suizas Silvana y Jessica que poco antes habían abandonado el Cataya con el proyecto filantrópico y artístico Culturewords también le daban la razón.  Pero yo, intentado ser osada y pensando que mi espíritu aventurero lo podría todo, acepté el reto.
La mañana resultó esplendorosa al momento en que fueron desplegadas las tres velas del Cataya  (Trinquette, Foc y Grand Voile), a unas cuantas millas de la costa de Bahía.  Creyendo que me enfrentaba a una experiencia como  aquellas entre mis hermosas montañas de Chiriquí tras las cascadas, de inmediato comencé a tomar fotografías y a identificar los principales aparatos de navegación: el radar, el sonar, el anemómetro…  Al tratarse de una embarcación de reciente fabricación izar las velas fue cuestión de botones, palancas y ligeros movimientos de cuerdas.  No resultó todo el espectáculo imaginado.

Sin embargo, a los pocos minutos, el movimiento incesante y cada vez más intenso de la nave mecida por las olas del  azul Atlántico  comenzó a afectar mi organismo.  El mareo y las náuseas no me abandonaron más.    Aunque el capitán Livingston creía que en las primeras horas el malestar me pasaría y mi cuerpo se adaptaría al baile permanente del Cataya, no fue así.
A los dos días el capitán consideró que tendría que detenerse en Pernambuco, pero yo me resistía a abandonar la marcha  aunque  me pasaba  casi todas las horas  en mi camarote, tomando un poco de agua y algunas frutas secas, lo único que soportaba mi estómago.  Recordaba algunas de las frases de ánimo dadas por mis amigos Gabriel  y Manuel, antes de partir: “Alma fuerte”. “No me da la gana de rendirme”.   
Ni las hermosísimas aguas del océano, ni las nubes blanquecinas del cielo, ni los atardeceres espectaculares que tanto me apasionan, ni la hermosa luna llena con su camino de plata sobre las aguas, me hacían retornar del malestar interno que me convulsionaba.  Aun así, salí algunos minutos a cubierta para captar escenas que  estaba segura  jamás volvería a contemplar…
La intención inicial del Capitán era detenerse en la paradisíaca isla Fernando de Noronha,  el sueño de los buceadores del mundo,  pero con las buenas intenciones de hacerme menos largo  el viaje  prefirió ir directo hasta Barbados, sin detenerse.  Esta idea entonces comenzó  a martillar mi cabeza,  no podría soportar dieciocho días más en ese estado.
Al amanecer del quinto día la falta de alimentos bajó mi presión y mi debilidad iba acentuándose.   No había otra salida:  el capitán  cambió de rumbo para atracar en el puerto de Natal, la ciudad de las playas y de las dunas,  la más noreste del Brasil.   Me encontraba a solo 600 millas de Salvador de Bahía y había recorrido  solo una quinta parte del itinerario proyectado.
Ahora estoy aquí, en Natal, perteneciente al Estado de Rio Grande do Norte,  esperando abordar en las próximas horas un avión que me devuelva a mi patria,  porque  el  Cataya tiene que proseguir su marcha.  Tuve que pasar tres horas en la Policía Federal arreglando los papeles de mi nueva e inesperada entrada  a Brasil, donde  el agente Jose Areujó comprendió felizmente mi situación.
¿Y me preguntarán si estoy triste? Claro que sí,  un poco,  por no poder finalizar el viaje  concebido,  pero satisfecha por haberlo intentado.   Debo ser capaz de reconocer  mis  logros  y también de aceptar mis limitaciones.  La única forma de saber si podía realizar semejante cruce atlántico, que muy pocos estarían dispuestos a emprenderlo,  era intentándolo,  aunque me quedara en el camino. Es cierto, es duro fracasar en algo, pero mucho peor no  intentarlo.
Definitivamente soy muy terráquea, mis ecoaventuras por las montañas y valles de mi pequeño país me tienen atrapada… le dejaré el océano a los marineros, a esos hombres como el capitán Livingston, cuyo corazón  y espíritu son tan libres que solo  se dejan mover por el viento.  
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