Desde hace varios años había admirado las fotografías de los chorros formados por el río Macho de Monte y la Quebrada Grande, en los límites entre Bugaba y Boquerón, a casi 1,000 metros sobre el nivel del mar, muy cerca de la comunidad de Cuesta de Piedra. Incluso, pedí una imagen prestada para ilustrar la contraportada de mi libro Boquerón, donde la montaña ronca, porque son unas caídas fenomenales de las cuales siempre he estado “enamorada”.
Había intentado llegar hasta estos saltos para fotografiarlos, pero el permiso que debe solicitarse a una compañía hidroeléctrica española para tomar el mejor de los caminos me detuvo hasta hoy, cuando acompañada por mi amigo Gabriel Sánchez y de mi alumno Yonathan Víquez, nos atrevimos a atravesar el cañón del Macho de Monte y descender por sus escarpadas pendientes para capturar con nuestros lentes esas hermosas “cabelleras de agua”.
Adquirí un arnés de seguridad para la que sería una empresa casi extrema, pero no resultó tan eficiente como el diseñado por el intrépido Gabriel. Con varias cuerdas que sirvieron de eslingas, nos introducimos a la corriente a eso de las 9 de la mañana. El sol aparecía y se escondía mientras avanzábamos por las esmeraldinas aguas encajonadas entre las murallas rocosas que, en algunos puntos, se erguían hasta los 20 metros.
La estación seca es la temporada ideal para realizar la travesía por el túnel pétreo del Macho de Monte… durante la temporada de lluvias resulta peligroso. Aún así, en algunos puntos era necesario nadar para avanzar hasta el sitio donde terminaba el cañón y se desprendía la más importante de las cascadas.
Decenas de hilillos de agua corrían por las paredes que nos flanqueaban y un escalón rocoso con una potencia hidráulica increíble nos sorprendió a pocos metros del salto buscado. Gracias a la valentía y empuje de Gabriel, Yonathan y yo pudimos superar esa fuerte prueba.
La bajada por la vertiente rocosa que daba vida al salto principal del Macho de Monte no resultó fácil, sobre todo porque el tiempo cambió de repente y nuestro experimentado compañero temió que podría formarse una cabeza de agua, con lo cual era urgente salir del estrecho cauce.
Otra vez Gabriel nos orientó y ayudó con las cuerdas para que pudiéramos descender por la pendiente y, una vez abajo, nadar hasta la orilla donde el lecho del río se extendía ampliamente. El, segundos después, se lanzaría desde las alturas al soberbio y profundo charco formado por la cascada.
Tuvimos que caminar varios cientos de metros más para salir del torrente, muy cerca de la casa de máquinas de la Hidroeléctrica.
La travesía por el cañón del Macho de Monte exigió cuatro horas y nos íbamos un poco decepcionados, porque cuando estábamos en el paraje más maravilloso del lugar, el que deseábamos atrapar para siempre con la tecnología digital, la Panasonic Lumix estaba inundada.
Parece que estos saltos se resisten a sumarse a nuestra colección fotográfica, quizás desean que emprendamos otra gran aventura por sus dominios y así, podamos extasiarnos nuevamente con su inefable belleza.
Fotos: Milagros Sánchez Pinzón.
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