Fundado el 21 de agosto de 1988 en David, Chiriquí. República de Panamá

martes, 28 de diciembre de 2010

ROCIADOS POR LA BRUMA DEL QUI-QUI...

Por: Milagros Sánchez Pinzón. Semanario Culturama.

Es probable que mis compañeros exploradores y yo sintiéramos  como Vasco Núñez de Balboa cuando avanzaba sobre las tierras darienitas en busca de las costas del Mar del Sur. No era el siglo XVI ni atravesábamos la inmensa selva poblada de animales salvajes e indígenas belicosos, sino el 3 de noviembre de 2009 e íbamos montados sobre Vencedor, Mariposa y Platero, los fieles y nobles caballos que nos permití­an ascender y descender por las faldas y las crestas de Cerro Pavón, desde cuyas cumbres se  aprecian -en lontananza- las aguas del Pacífico salpicadas por el archipiélago de Las Paridas.
Diez años atrás el polí­tico Camilo Brenes nos regaló una imagen del Chorro de Cerro Banco, según  él, el más alto del paí­s, y  en un viaje aéreo David-Panamá divisamos entre las nubes el inmenso cuerpo de agua empotrado en la Comarca Ngábe-Buglé y lo captamos en una fotografía.  Definitivamente era algo impresionante.  Algún día esa cascada debí­a sumarse a nuestra lista de saltos documentados, mas todo aquel que logró alcanzarlo nos señalaba que exigía un mínimo de ocho horas a pie (dieciséis ida y vuelta) o un prolongado viaje a caballo.
Apoyados por la familia Cerrud Guerra que nos dio alojamiento y facilitó los jamelgos, a las 6:30 de la mañana del día en que se cumplí­an los 106 años de independencia de Panamá de Colombia, emprendimos la larga marcha para encontrarnos con el Chorro de Cerro Banco.
Amado, nuestro joven guí­a, insistí­a en que desde Sábalo (corregimiento de Boca del Monte, distrito de San Lorenzo) hasta nuestro objetivo tardarí­amos unas dos horas, pero cruzar el zarzo sobre el rí­o Fonseca a la altura de Paso Ganado,  penetrar poco a poco por las tierras de Besikó hasta conquistar la cima del Pavón y luego descender hasta el humilde caserío de Cerro Banco nos consumió cuatro horas. El espectáculo en el camino era  fascinante: los valles labrados por el serpenteante río Fonseca estaban coronados por una exuberante vegetación, así como las laderas de algunas montañas (Patena, Pajoso, Gato, Bolote); también se distinguían enormes trozos del territorio devastados por la acción antropogénica. Al este y al sur, muy a lo lejos, el cerro Juan Bellaco, las llanuras de la vertiente del Pací­fico y el tenue celeste del Océano.
Las nubes, situadas mucho más abajo de los puntos por donde avanzábamos, parecí­an colchones de algodón posados sobre la masa arbórea que convive con cientos de familias indígenas sumidas en la más absoluta de las pobrezas económicas. Si bien nuestras expediciones son netamente de reconocimiento natural, no se puede dejar de palpar la triste realidad social de la gente de la Comarca.
Ya en Cerro Banco, Ramón y Florencio Marcucci  sirvieron de guías para deslizarse por la ladera desde la cual se aprecia, en todo su esplendor, el Chorro de La Maestra, como también le denominan a la soberbia cascada, pues años atrás una educadora pereció en ese abismo.
Resulta sumamente difícil calcular cuánto mide la caída del río Qui-Qui, porque asi­ se llama la corriente que da vida al salto. Versiones locales aseguran que ciertos extranjeros la estimaron en 150 metros; de ser así es una de las más altas del país, por no decir la superior. El volumen de agua es portentoso y el impacto que provoca al chocar con el lecho rocoso eleva una bruma que se observa a casi un kilómetro de distancia.

Pero lo espectacular del paisaje no queda ahí.  A pocos metros se localiza otro tesoro hí­drico: el Salto de Romelio  (un morador con ese nombre perdió la vida en ese despeñadero). Su belleza también es arrobadora, no por el caudal del agua sino por su especial bifurcación y empotramiento en una mole rocosa que aflora intermitentemente en la montaña por la cual se desborda (quizás tiene más de 200 metros de alto).

Frente al poderoso Romelio, formado por el rí­o Chochori, disfrutamos de una frugal merienda, no ingerimos mucho, pues curiosamente cuando alcanzamos escenarios paradisí­acos como estos nuestro cuerpo parece no requerir alimentos, ha quedado harto de tanta belleza natural.
A las 12:45 de la tarde principiamos el retorno a Sábalo. A los quince minutos la lluvia orográfica se desprendió con toda su fuerza.  El viento nos azotó con furor cuando cruzamos la espina dorsal del Pavón (estábamos a 525 metros sobre el nivel del mar). Al llegar hasta el Fonseca la corriente crecida manifestaba una furia incontenible, menos mal que el zarzo estaba ahí­ para permitirnos alcanzar la otra orilla.
 Bruma que se aprecia a kilómetros de distancia, formada por la caída del chorro de Cerro Banco

A las cuatro de la tarde llegamos a casa de los Cerrud Guerra. Nos esperaban un poco preocupados porque la mayoría de los exploradores se aventuran por esos parajes solo durante la estación seca, pero en este caso, como en otros,  obviamos la temporada de lluvias y sus riesgos para ir en pos de la majestuosidad del Chorro de Cerro Banco y su vecino, el Salto de Romelio.


Expedicionarios: Melva Miranda, Amado Cerrud, hijo, y Milagros Sánchez Pinzón.

viernes, 24 de diciembre de 2010

BAJANDO MACHOS EN EL FONSECA...

Hace unos años me solicitaron elaborar la biografí­a del caficultor boqueteño Plinio Ruiz González (1922). En una de las tantas conversaciones que sostuvimos para extraer esos tesoros del pasado que conserva nítidamente en su memoria, don Plinio me refirió un episodio de su infancia con estas palabras: “La gallada de amigos iba al río Caldera, que tení­a en ese entonces más caudal que ahora. Nos reuníamos para ´bajar machos´ así le decí­amos a las ondas formadas por el agua que bajaban a gran velocidad y en gran volumen. Todo comenzaba cuando se arrojaba quien se decía el más valiente y de allí en orden de coraje le seguíamos. Nunca supe a qué velocidad corrí­a el agua, pero era tan rápida entre onda y onda que a veces no podíamos respirar, nunca tuvimos que lamentar ningún caso aunque pudo fácilmente costarnos la vida".
fonseca1.JPG
rio-fonseca.JPG
Desde aquel emocionante relato narrado por el fundador de Café Ruiz, se quedó en mi mente esa frase: "bajar machos" cuan lejos estaba de imaginarme que algún día tendría la oportunidad de experimentar esa misma emoción que sintiera el veterano caficultor, no en las gélidas aguas del Caldera sino en las cálidas del oriental rí­o Fonseca.
2.JPG
El  Fonseca es un potente y caudaloso río que nace a 1,172 metros sobre el nivel del mar, en las tierras septentrionales de la Comarca Ngäbe-Buglé,  prácticamente en la Divisoria Continental. Recorre casi 80 kilómetros, de norte a sur, y en su largo camino para encontrarse con el Pacífico atraviesa numerosas comunidades, cuyas tierras nutre con la savia de sus aguas.
gnobes.JPG
El domingo 20 de diciembre nos dispusimos “bajar machos"  en esa impetuosa corriente, a la altura de un zarzo que une los caseríos de Sábalo con Balita.  La proximidad de la estación seca era lo ideal para emprender la aventura, pues el Fonseca es caudaloso y crece con frecuencia desbordando las inmediaciones. Estábamos preparados con un tubo extraí­do de la llanta de un camión y confiados en la experiencia de nuestro instructor, Emmanuel Guerra,  en esta especie de “rafting artesanal”.
elchiri4.JPG
Atravesamos el cauce por uno de los remansos hasta alcanzar una franja de pequeños rápidos por donde nos deslizarí­amos ayudados por los flotadores. Algunas de las ondas que se forman por el roce del lí­quido contra las rocas alcanzaban casi medio metro. Estas “aguas blancas"  (denominadas así­ en la lexicología del rafting por la espuma que se forma) contrastaban con el color turquesa del resto de la corriente.
prueb.JPG
copia-de-elchiri2.JPG

Las ondas eran vertiginosas y el primer descenso tan apresurado que apenas nos dio tiempo para lanzar algunos gritos de emoción ¿o más  bien de temor? Se nos fueron tres horas entre "saltar machos" y pasear en el flotador por las refrescantes aguas del Fonseca. En  las orillas nos resguardaban  enormes árboles de cedro espino, guabo de monte, rasca, jobo de puerco, guásimos, higuerón y  guabinos, muchos de ellos con impresionantes   formaciones enraizadas. Una garza morena se posó en uno de los troncos atrapados por la corriente.
elchiri62.JPG
garza13.JPG
Todaví­a quedan muchas ecoaventuras que emprender por las tierras orientales de Chiriquí.  La próxima vez voy  a atrapar “machas”, unos camaroncitos de tres pulgadas que todaví­a pueden capturarse en las cristalinas aguas del Fonseca… eso si los millonarios proyectos hidroeléctricos que usufructuarán pronto esta corriente nos permiten continuar disfrutando de estos espacios naturales en todo esplendor.
rio-fonseca-1.JPG
soloy-cerro-banco.JPG
Dos últimas fotos: Zarzo sobre el río Fonseca a la altura de San Lorenzo y puente en construcción sobre el mismo río que comunicará Soloy con Cerro Banco (diciembre, 2009)
Fotos: Milagros Sánchez Pinzón

CLAVADOS DESDE EL PUENTE...

Por: Milagros Sánchez Pinzón. Semanario Culturama.

Llegó la estación seca y con ella la gente de "tierra adentro" e vuelca a las fuentes naturales de agua para aminorar el sofocante calor del trópico.
rio1.JPG
Aunque durante esta temporada experimentan una drástica reducción, los ríos caudalosos son los más apetecibles, principalmente en los puntos donde se forman  "charcos" profundos y la vegetación exuberante brinda cobijo a las familias  que deciden huir de las altas temperaturas de pueblos y ciudades.
majagua.JPG
En Chiriquí es casi un ritual la ida al rí­o.  Desde temprano los más pequeños se entusiasman con la hora de emprender el viaje y los grandes preparan con tiempo algunas viandas tradicionales (sancocho, arroz con guandú, gallina de patio, tajadas maduras) y, si es posible, montar el fogón para cocinar a orillas de la corriente.
nina-rio.JPG
erick.JPG
Quienes no tienen vehículo para alcanzar estos sitios de recreación caminan largas distancias para llegar hasta ellos. Poco a poco, especialmente los domingos  se van abarrotando los balnearios naturales del río Platanal, Escarrea, Gariché, David, Cochea, Majagua, Piedra, Fonseca, Tabasará,  Santiago, entre otros.
panama7.JPG
rio12.JPG
En algunos de estos centros espontáneos de esparcimiento, la creatividad y el arrojo de los jóvenes resultan impresionantes. Como el caso de los residentes de Macano, Santa Rita y Paraíso, comunidades del distrito de Boquerón que tienden a reunirse en las piscinas naturales formados por el rí­o Piedras, casi en su punto de confluencia con el Chuspa, a una altitud de 644 metros sobre el nivel del mar.
saltar1.JPG
panama10.JPG
Estos lugareños, tratando de escapar de lo rutinario, se lanzan desde el zarzo que comunica a las comunidades de Guayabal con Paraíso hasta el "charco" que les espera abajo formado por la zigzagueante corriente del Piedras.   El rudimentario puente colgante se eleva ocho metros.
panama5.JPG
No conformes con esto, los arrojados nadadores (incluso algunas chicas, como Eibis Fuentes) se envalentonan todavía más y deciden proyectarse desde el puente en construcción (paralelo al zarzo) que alcanza entre 11 y 12 metros sobre el nivel del río.  Se trata de una  prueba de verdadero coraje, pues algunos avanzan hasta el punto de lanzamiento pero a úlltima hora se arrepienten al ver la profundidad de la caída. Y no es para menos, porque los clavados desde los trampolines en las piscinas olímpicas alcanzan una altura máxima de 10 metros.
panama2.JPG
panama31.JPG
panama6.JPG
Nosotros nos dedicamos a contemplar y fotografiar a la decena de temerarios bañistas que, sin pensar en las fatales consecuencias que puede acarrear su osada aventura,  se lanzaban una y otra vez desde tales estructuras ante la sorprendente mirada de los curiosos.
panama4.JPG
panama81.JPG
Otros, continuaban indiferentes y aprovechaban al máximo las frescas aguas que confluyen en ese paso.  Es que ésta es, posiblemente, una de las últimas temporadas para disfrutar de ese lugar. En poco tiempo, una hidroeléctrica  desviará las aguas del rí­o Chuspa para aumentar el caudal del  Piedras y el paraje actual desaparecerá cuando echen a andar las potentes turbinas generadoras de la energía requerida a grandes distancias, pero que -paradójicamente- no contempla satisfacer las necesidades de los locales, pues a pocos metros de la planta todaví­a no conocen las bondades de la hidroelectricidad. Y si piensa que esto no es así, pregúntele al 52% de las familias residentes en Hornito (donde está Fortuna funcionando desde hace 26 años). Ellos aun se alumbran con guarichas y velas.
panama9.JPG
rio2.JPG
carro.JPG

POR LONDRES A LOMO DE CABALLO...

Por: Milagros Sánchez Pinzón. Semanario Culturama.

Existen dos Londres, la capital británica y un pequeño caserí­o de Gualaca, en Chiriquí. Mientras que el primero está poblado por 7.5 millones de personas y su contaminación áerea está entre las peores de Europa, el segundo solo tiene 50 habitantes que respiran aire puro, barrido constantemente  por las brisas húmedas de las montañas.
 
Muy pocas personas conocen al Londres panameño. El río  Gualaca lo bordea por el oriente; el Cerro La Jaba (1,300 m.), por el occidente y el exuberante Cerro Hornito, con sus 2,102 metros sobre el nivel del mar, lo flanquea al norte.
Desde que al agricultor Leonidas Patiño, allá por la década del cuarenta, se le ocurrió denominar con el mismo nombre de la metrópoli inglesa a estas tierras intermontanas, los londinenses chiricanos se dedican básicamente a la crí­a de ganado de leche y ceba, aunque producen para el autoconsumo: maíz, frijoles, naranjas, yucas, ñames, ají­es, otoes, guineos, plátanos, gallinas, puercos.
Curiosos por verificar si realmente en esa región coexiste una veintena de saltos de agua, acordamos con Efraín González encontrarnos a las siete de la mañana del martes 2 de febrero de 2010, en la entrada de Londres, en la ví­a transístmica que une a Chiriquí con Bocas del Toro. Candelario y Pancho Julio eran los caballos pertenecientes a los González  que nos ayudarían en la larga faena por los cerros y valles del septentrión gualaqueño.
Al  recorrido por Londres se sumaron Héctor González y Gadiel Del Cid, lugareños cuyas manos endurecidas atestiguan el rudo y férreo trabajo que desempeñan desde el amanecer hasta ponerse el sol.  Y es que ellos conocen cada rincón de esas montañas los cuales describen, orgullosos, a los foráneos.  Para ellos su riqueza está en esos suelos.
 
El quinteto expedicionario avanzó por la margen izquierda del río Gualaca en busca de las caídas referidas. Primero nos topamos con El Salto del Toro (llamado así porque uno de estos vacunos fue arrastrado por la corriente y logró sobrevivir). Este es un espectacular sistema de saltos -en caída de   45º- que se despliegan por casi 300 metros. El lecho rocoso aflora en bloques escalonados y origina charcos de tres a cuatro metros de profundidad, verdaderos balnearios de lí­mpidas aguas que durante la estación lluviosa soportan más caudal.
Luego nos encontramos con Los Gemelos I y Los Gemelos II, estos últimos bifurcados en una caída libre de casi diez metros. Como a un kilómetro, río arriba, nos sorprendió El Túnel, imponente cascada de 12 a 15 metros que se desparrama por una pared coronada con dos masas pétreas semiredondeadas que parecen suspendidas en el aire, a punto de desplomarse.  Muy cerca de este salto descubrimos una roca con restos marinos fosilizados, prueba de que el istmo de Panamá estuvo sumergido en el fondo del mar hace millones de años.

Charco de la Canoa creado por la Quebrada Brazo Sucio, un afluente del río Gualaca, fue el último de los puntos visitados.  Aunque el periplo consumió nueve horas a caballo y dos a pie, no pudimos cubrir toda la zona, Allá todaví­a nos esperan los chorros de Brazo Tigre, La Pita y Las Nubes.
La jornada la culminamos en casa de Héctor González y su madre Lika Castillo, al mejor estilo de los londinenses chiricanos: con sancocho repleto de suculentas verduras, arroz con guandú, gallina de patio y chicha de guineo. Todo, exceptuando el arroz, fue producido por ellos, por eso reclaman que se construya una verdadera carretera hasta su pueblo, para poder mercadear lo extraído de sus tierras y rechazan la instalación de una hidroelécttrica que arrancará el 90% del agua del rí­o Gualaca para dejarles el "ridículo" 10% de caudal ecológico.  Están seguros que con esa explotación hídrica  las lisas, los robalos, las mojarras y sábalos que todaví­a pescan en esa corriente desaparecerán para siempre y los manantiales y ojos de agua que brotan por doquier en esas montañas se extinguirán.  Los londinenses de Gualaca entonces se parecerán a los de la Gran Bretaña: tendrán que comprar agua embotellada.
* El río Gualaca nace en las estribaciones del Cerro Hornito, a más de 2,000 m.s.n.m. y se desplaza de norte a sur por 34.5 kilómetros hasta depositar sus aguas en el río Chiriquí­, a 36 m.s.n.m.