Fundado el 21 de agosto de 1988 en David, Chiriquí. República de Panamá

jueves, 23 de diciembre de 2010

RUTA POR LAS CASCADAS DE CHICHICA...

Por: Milagros Sánchez Pinzón. Semanario Culturama.

La Heliconia lathispata, mejor conocida en nuestro paí­s como chichica, es una planta tropical, ornamental y comestible abundante sobre las tierras de la Comarca Ngäbe-Buglé. Una comunidad, situada entre las montañas del norte de la comunidad chiricana de Tolé, lleva el nombre de esta popular especie vegetal.
Chichica es un caserí­o a 543 metros sobre el nivel del mar; para llegar allí se encuentra primero Alto Caballero, Cerro Sombrero y Cerro Mosquito; se ascienden y descienden empinados cerros y se cruza el caudaloso rí­o Cuví­bora. Solo vehículos de doble tracción poseen la fuerza necesaria para atravesar el corto pero accidentado camino que permitirá el acceso a la pintoresca comunidad de Chichica, perteneciente al distrito de Muná.
El domingo 14 de diciembre de 2008, el semanario Culturama decidió emprender la búsqueda  de unas hermosas cascadas, recomendadas por la profesora de turismo Jocelyn Pittí, quien atiende a más de una docena de estudiantes de esa zona con la intención de promover y difundir los particulares atractivos de Chichica: divisar los paisajes montañosos del Septentrión y las aguas del Pací­fico (especialmente la ensenada de Guabalá y el Cerro Pan de Azúcar) y las cascadas naturales.
Acompañados por los estudiantes lugareños Efraín Rodríguez,  Luis Cedeño y Macario Salinas, a las 10 de mañana emprendimos la ardua tarea de descender por Las 36 vueltas, un trayecto designado  así porque la trocha abierta en la montaña serpentea ese número de veces.
Hora y media nos llevó alcanzar la Quebrada Tinta donde el lecho rocoso forma varias caí­das de agua, muy próximas unas de las otras.
Primero nos encontramos con cuatro pequeños saltos de reducida altura pero no por ello sin belleza. Los moradores, en su mayoría ngäbes, le conocen como Los saltos del camino; poco más adelante se localiza la Entrada del sol, otra caída de unos 20 metros que forma un charco majestuoso, rodeado por una especie de caverna de naturaleza volcánica, catalogada así­ por el basalto gris columnar, en forma de lajas, que abunda por el lugar. Esta denominación radica en que los rayos del sol penetran en el bosque de galerí­a e impactan precisamente en la parte superior del chorro,  imprimiéndole tonalidades de luces y sombras.
Avanzando por la corriente,  tuvimos el impresionante encuentro con la Cascada Mery Sulia.  Desde unos treinta metros  se desplaza esta "cabellera acuífera" muy diferente a otras que hemos contemplado porque fluye sobre un manto de helechos silvestres que tienden a aminorar el desplazamiento del agua el cual parece darse en cámara lenta. Mery Sulia es una voz ngäbe que significa: Mujer Latina.
Después de compartir unos tamalitos preparados por los alumnos de turismo del INADEH en Chichica, que nos sirvieron de refrigerio a los pies de la Mery Sulia, a las 12:30 p.m. decidimos emprender el regreso: el ascenso no serí­a cosa fácil. Las 36 vueltas se volvieron para nuestros cansados pies cientos de giros. Una hora más tarde alcanzamos la cima.
Nuestra estadí­a en Chichica se cerró con una muestra de los bailes tradicionales del lugar. Los ngäbes nos prodigaron la mejor de las atenciones y nos  invitaron a acompañarlos en una noche de luna llena para celebrar la llegada del Nuevo Año.
Fotos: Olmedo Miró Rodríguez, Melva Miranda y Milagros Sánchez Pinzón

SECRETOS NATURALES DE LOS MAMEYES...

Por: Milagros Sánchez Pinzón

El ecoturismo es una actividad para la recreación del espí­ritu; hombre y naturaleza se confunden en una vivencia contemplativa y silenciosa. En este nivel, la tierra, el agua y el viento, se personalizan, y la mente transporta al observador a inéditas regiones de armonía disipativa.
En la provincia de Chiriquí­ existen numerosos puntos (la mayorí­a poco conocidos) en los cuales se pueden experimentar estas gratas sensaciones por el contacto con la prístina naturaleza. Cristalinos ríos y quebradas brotan de las sinuosas pendientes del volcán Barú y la Cordillera del Tabasará y en los bosques montanos habita una compleja y variada comunidad de seres vivos.
Los Mameyes, región septentrional del corregimiento de Potrerillos Arriba, en el distrito de Dolega, con altitudes superiores a los 1,000 metros, es uno de esos parajes seductores. Desde allí se divisa Alto Boquete, el Golfo de Chiriquí, el edificio volcánico de Chorcha y todas las tierras bajas del Pací­fico occidental chiricano.
Para llegar a Los Mameyes un automóvil de doble tracción debe avanzar -desde Potrerillos Arriba-  unos 6.5 kilómetros en dirección norte. En el camino, a la derecha, se encuentra una pequeña cascada formada por Quebrada La Cruz, la cual puede apreciarse descendiendo por una pendiente de unos 60 metros. El tránsito por el declive es trabajoso, pero la magní­fica panorámica que se divisa desde ese punto compensa el esfuerzo.
 Al finalizar el camino de Los Mameyes, exactamente a 1,456 m.s.n.m.,  uno se topa con un bosque húmedo donde abundan árboles de cedro, mamecillo, bambito, abrojo, siguatón, sigua, coralillo y maría; palmas de tigre y palmas rabo de gallo. A todo ello se suma la hermosa variedad de epí­fitas, musgos,  helechos y orquí­deas que luchan por participar de la luz que penetra a través de las copas de los árboles. Nuestro guía, Ricardo Gonzá¡lez Pittí (1972),  pudo identificar  ejemplares de mamey de montaña que se levantan en ese enrevesado bosque. Lo más probable es que por ellos deviene el nombre del caserí­o dolegueño. También  nos informó Ricardo que en el área, algunas veces, se aprecian patos de río, conejos pintados (uno de los animales de caza más perseguidos en Panamá),  tigrillos y manigordos.
Penetramos en ese bosque porque andábamos tras la pista de una cascada, posiblemente de 60 metros, cercana a la toma de agua que abastece a las comunidades de la región. El nacimiento del rio Pedro era nuestro objetivo. Lamentablemente, el chorro estaba seco. En el primer mes del año, con el descenso de las precipitaciones, la cascada desaparece y vuelve a manifestarse cuando retornan las lluvias.
Otro dí­a volveremos para captar esa espectacular cabellera lí­quida que se desprende desde la cima de una enorme mole rocosa erguida en el bosque.  No obstante, pudimos apreciar el gran cuidado que los lugareños ofrecen al sitio para preservar la fuente de agua que les da la vida.

Para quien piense que el viaje resultó  infructuoso, solo contemplar desde Los Mameyes  el ósculo etéreo que se dan la tierra, el mar y el cielo, con sus distintas tonalidades, hizo que esta nueva expedición de Culturama, tras las cascadas chiricanas, valiera la pena.

Fotos: Olmedo Miró y Milagros Sánchez Pinzón  (22 de marzo de 2009).

ENTRE LAS MAGICAS CASCADAS DE SANTA FE...

Por: Milagros Sánchez Pinzón. Semanario Culturama.

El aroma de café se filtraba entre el bajareque* que sirve de pared al acogedor Hostal La Qhia, y el quiquiriquí de los gallos rompí­a el silencio profundo del amanecer del domingo 5 de julio. Estábamos circundados por las montañas volcánicas de Santa Fe de Veraguas.
A las 6:30 de la mañana nos encontramos en el restaurante de la Cooperativa La esperanza de los campesinos, con el más experimentado conocedor de los intrincados misterios de la selva santafereña: Edgar Toribio, quien en la tarde anterior ya nos habí­a conducido por los senderos de Alto de Piedra.
Dos meses atrás nos habíamos propuesto viajar a este pueblito serrano, no para seguir escarbando en el movimiento de Cerro Tute de 1959 en el que perecieron cuatro jóvenes (entre ellos un primo lejano nuestro) o hurgar en la obra pastoral y social de Héctor Gallegos, el cura revolucionario que  el régimen militar desapareció en junio de 1971, sino para dedicarnos única y exclusivamente a recorrer los pedazos de selva -casi virgen- donde se esconden decenas de cascadas, esos elementos del paisaje que obsesionan nuestro aventurero pensamiento.
 
En abril habíamos logrado llegar hasta El Bermejo, una impresionante caída de agua que se desplaza por bloques rocosos heterométricos cuyas dimensiones impactan al más displicente de los espectadores. Ahora nos proponí­amos llegar más allá y avanzar corriente arriba para identificar otros “escalones de agua".  Todo ello, dentro de la espesura de la selva del Parque Nacional Santa Fe.
El rí­o Bermejo alcanza unos 10 kilómetros de longitud, desde su nacimiento en la Cordillera Central a unos 1 400 metros sobre el nivel del mar, hasta su desembocadura en el rí­o Bulabá, a 400 m.s.n.m. Su avance es tan rápido y vertiginoso, sobre un terreno discordante que, a su paso origina un sistema de espectaculares cascadas. En algunos parajes el relieve es tan escarpado que la travesí­a fue bautizada por nuestro guía Toribio como Bermejo Xtreme: era necesario escalar las rocas para apreciar mejor las caprichosas formas geológicas que engendran estos escenarios pétreos y líquidos. Y, después de contemplarlas, nada mejor que disfrutar un baño en sus cristalinas y puras aguas.  La travesía por Bermejo requirió entre seis a siete horas.
 Pero una aventura de esta naturaleza no solo está saturada por la expectativa que genera el toparse con estas "cabelleras de agua" sino también por apreciar en cada paso lo formidable del bosque neotropical: las coloridas orquídeas, los multiformes hongos, los enigmáticos lí­quenes, los imponentes y vetusto árboles.

En estos recorridos, una de las manifestaciones de vida más llamativas encontradas   fue la mariposa Morpho, cuyo aleteo de azules metálicos sorprendía a cada momento. Cinco de estas especies merodean por el Parque Nacional Santa Fe, nos reseñó Toribio, y sobrevuelan de manera especial las fuentes de agua.
En el siguiente día el objetivo se ubicaba más allá de la Divisoria Continental, en la vertiente Caribe de Veraguas: los chorros del río La Llanita. Se trataba de un despeñadero inmenso por donde discurre una masa de agua de casi cien metros de alto.  Era solo una parte de un conjunto acuífero, pues a este escalón se añaden, corriente abajo, otros peldaños más, de menor tamaaño aunque no por ello menos impresionantes, especialmente porque muy pocas veces el lecho rocoso de un rí­o aflora como en esta corriente.
Llegar a La Llanita no es tan difícil. Desde el camino pedregoso (y a veces lodoso) que conduce de Santa Fe a Calovébora se puede apreciar uno de los chorros, pero para alcanzar los otros saltos se debe penetrar en la jungla y, en algunos puntos, valerse de cuerdas atadas a los árboles para remontarse por las rocas.
Los tres días por las montañas de Santa Fe se fueron volando.  El próximo viaje tendrá que planificarse por una semana  o más. Todavia existen numerosas bellezas por descubrir y, en el camino, iremos aprendiendo -de la mano de nuestro insuperable guía Edgar Toribio- cuales son las bromelias tortugas, las Morpho amatonte, las flores columnarias, las uñas de diablo, las ranas dendrobates, los pájaros manaquí­n...
Los panameños deberí­amos robarle más tiempo a nuestras afanosas vidas para hacer ecoturismo, para recrear nuestro espíritu, para confundirnos con la naturaleza en ese plano en que los animales, las plantas, las nubes, las aguas, la tierra, el viento, la luz, los colores y los sonidos se personalizan. Solo allí ­ podemos transportar nuestra mente a regiones de absoluta libertad...



 * En Santa Fe, los lugareños le dicen “bajareque” a las paredes elaboradas con caña blanca colocadas horizontalmente.
Fotos: Edgar Toribio, Olmedo Miró Rodríguez y Milagros Sánchez Pinzón
(Para giras ecoturísticas y de aventura en el Parque Nacional Santa Fe, contactar a Edgar Toribio en el celular 6713-2074).

LOS CUATRO SALTOS DEL ESTI...

Por: Milagros Sánchez Pinzón. Semanario Culturama.

Siempre habí­a creí­do que Los Planes (ese caserío intermontano donde se encuentran las abandonadas estructuras que una empresa extranjera  levantó décadas atrás mientras construía la Hidroeléctrica Fortuna) le pertenecí­a al corregimiento de Hornito, pero hurgando en los mapas topográficos y en los Censos Nacionales de Población y Vivienda se nos revela que es el más septentrional de los poblados del corregimiento de Gualaca, cabecera, donde también se localiza Londres, comunidad que pese a su peculiar designación es casi desconocida.
En Los Planes, a unos 958 metros sobre el nivel del mar, hemos descubierto uno de los sistemas de cascadas más espectaculares de Chiriquí.  Llegar a este sitio resulta relativamente fácil, si lo comparamos con otras travesí­as realizadas entre los bosques neotropicales para desentrañar las cascadas chiricanas.
Como a media hora del centro de Gualaca, en la ruta hacia Bocas del Toro, se ubican las edificaciones abandonadas de la empresa hidroeléctrica; se toma el camino inmediato (a la izquierda); se pasa por la Escuela de Los Planes y el auto se deja en una lechería, en cuyo frente se encuentra el portón de la finca que da acceso al conjunto de saltos.
El trayecto no consumirá más de 30 minutos hasta divisar la primera de las cascadas, con una caída no superior a los 15 metros; luego se encontrará otro salto -cuya inclinación de 45 grados la hacen muy particular. Descendiendo por el bosque de galerí­a y ayudados por las raí­ces y lianas arbóreas, así­ como por las rocas empotradas en el sendero, se puede apreciar otro escalón natural del río cuya "cabellera líquida" alcanza mayor anchura y un salto entre 10 a 15 metros.
Finalmente, el cuarto y último de los chorros resulta el más espectacular: discurre desde casi 40 metros y,  muy cerca de ahí, desde las paredes rocosas volcánicas, emanan ojos de aguas con temperaturas entre los  39 y 42º C, aproximadamente, condición que las clasifica como fuentes mesotermales o calientes.
La corriente de agua que origina todas estas caprichosas formas geológicas  es el Brazo del río Estí,  el mismo río que taladra Los Cangilones de Gualaca, a unos 119 metros sobre el nivel del mar, y es considerada una de las Diez Maravillas de Panamá. La próxima vez que decida entrar en contacto con la naturaleza, sin invertir mucho tiempo, remóntese a las tierras altas de Gualaca, ahí podrácontemplar y refrescarse en los imponentes Cuatro Saltos del Estí­ y, todo ello,  alejado del mundanal ruido…
Fotos: Milagros Sánchez Pinzón

DETRAS DE LA LEYENDA DE LA MINA...

Por: Milagros Sánchez Pinzón. Semanario Culturama.

Cuenta la tradición oral boqueteña que -escondida en la selva cordillerana entre las tierras de Chiriquí­ y Bocas del Toro- existe una misteriosa mina de oro. Para algunos, los amerindios lograron extraer de ella material aurífero;  para otros, no existía tal mina sino  una cueva donde los conquistadores españoles ocultaron barras de oro y cuyo sitio exacto solo era conocido por uno de los pioneros del área, quien se llevó a la tumba el secreto de su ubicación.
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Leyendas como éstas siempre se tejen en la mente de los hombres, por ello, con el correr del tiempo, algunos elementos naturales comienzan a vincularse estrechamente con relatos como estos.
El domingo 2 de agosto, un grupo de expedicionarios davideños nos dispusimos adentrarnos por el transfronterizo Parque Internacional La Amistad (el PILA) y, localizar en esa recóndita pluviselva la Quebrada La Mina, el curso de agua que da origen a tan simpática leyenda popular.
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La Mina es una sinuosa y potente corriente que pertenece al corregimiento de Los Naranjos, en el distrito de Boquete; nace a más de 2000 m.s.n.m. y en su rápido desplazamiento para encontrarse con el río Caldera, talla sobre el terreno dos soberbias cascadas, separada una de la otra por 600 a 800 metros. Un primer chorro cae desde  20 a 25 metros y, como en otras geoformaciones de esta naturaleza, ha labrado en la pared una pequeña cueva de tres por cinco metros de alto.  El hermoso estanque formado por el salto resultaría agradable para cualquier bañista habituado a temperaturas tan bajas; para nosotros, ni los pies resistían. Inmensos troncos de árboles abatidos represaban la Quebrada en algunos puntos,  evidenciando con ello la potencia alcanzada por esta corriente en sus períodos de avenida.
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La otra cascada, emplazada aguas más abajo, resulta más espectacular, con 60 a 80 metros de altura, y encajonada en un lecho con bloques rocosos de gran tamaño, lo cual solo permitía divisarla en una de las laderas de la corriente.  Un fugaz arco iris engalanaba la “cabellera líquida" en el breve instante en que un rayo de luz se filtró entre las nubes cargadas de agua que se posan casi siempre sobre la selva neotropical.
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Hay dos rutas para acceder a estas cascadas. Por Horqueta se exige casi tres horas y solo una parte del trayecto dispone de un sendero adecuado. En el tramo final se requiere de un hábil trochero, como Carlos Vega, quien machete en mano iba abriéndonos el trillo para poder avanzar hasta la primera cascada y nos mostraba las pisadas dejadas por los felinos que pueblan ese Parque Natural protegido internacionalmente.
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Por Bajo Mono la ruta es mejor. Se debe llegar al zarzo que cruza el rí­o Caldera: a la izquierda se va de Culebra a Bocas del Toro, y el camino directo conduce a Quebrada La Mina; se  pasan unos cerros con cultivos hortí­colas y luego se penetra en el PILA. Desde hace cinco años algunos lugareños colocaron troncos, a manera de escalones y pasamanos, para ayudar a los turistas por esos enmarañados parajes.

Si usa la ruta de Bajo Mono, en la carretera principal (Horqueta-Bajo Mono),   no deje de contemplar, aunque sea por unos minutos, la pared de basalto con disyunción columnar en la margen izquierda del rí­o Caldera. Esta formación ígnea amesetada es impresionante,   una auténtica prueba de cómo las fuerzas volcánicas modelaron la mayor parte del relieve istmeño.
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Fotos: Olmedo Miró Rodríguez y Milagros Sánchez Pinzón.