Fundado el 21 de agosto de 1988 en David, Chiriquí. República de Panamá

domingo, 29 de julio de 2012

POR LAS TIERRAS DEL MARQUES DE CASTRIES...



Por: Milagros Sánchez Pinzón (mspinzon@gmail.com) ombysa

A solo quince minutos de Rodney Bay Marina se encuentra  Castries, la capital de Saint Lucia,  bautizada con este nombre en honor de Charles Eugene Gabriel de la Croix, marqués de Castries, ministro francés de las colonias de 1780 a 1787.   

Esta metrópoli concentra la actividad administrativa de una nación que solo tiene 33 años de haberse independizado de Inglaterra y registra 173 mil habitantes, la mayoría de ellos de ascendencia africana (60%).

Sorprende que un territorio tan poco poblado diera al mundo  dos Premios Nobel: Arthur Wilson , economista  (1979)  y Dereck Walcott, literato (1992).    Este último, a sus ochenta y dos años,  reside un poco más al norte de donde nos encontramos.  Pudimos apreciar su autógrafo en un café donde degustamos una piña colada, a orillas de la Bahía en la cual  atraca un colosal crucero de la empresa Carnival.

En el dowtown de Saint Lucia recorrimos el mercado artesanal, el monumento al marqués de Castries, la catedral católica,  la Dereck Walcott Square,  el Serenity Park y  Our Planet.  
La  visita a Our Planet fue interesante.  Por primera vez pudimos valorar la técnica del holograma y con ella recibimos un mensaje  ambientalista del príncipe Carlos de Inglaterra y  de la Pirmera Ministra de la isla. Los efectos especiales en las diferentes salas  y  las imágenes satelitales en tiempo real eran impresionantes.

Pero no crean que solo hemos estado en aquellos lugares que todo país siempre quiere mostrar: su lado bello. ¡No! también hemos recorrido aquellos sitios donde se refleja la miseria y la desolación en los rostros… las calles olvidadas de Saint Lucia, fenómenos sociales que no eran tan palpables en las islas francesas y holandesas que visitamos en marzo (Sint Maarten, Saba, Eustasius y  Barth).



Con Mary Charles, una saintalucieña muy gentil, fuimos al mercado de mariscos. Con ella posamos cerca de unas piedras pintadas que promueven el mundialmente famoso Saint Lucia Jazz,  que en mayo pasado celebró su aniversario 20 y ha tenido entre sus artistas a Santana, George Benson,  Kenny G, Chuck Mangione,  Chick Corea, Michael Bolton y Natalie Cole, por mencionar algunos.   Ojalá hubiéramos estado aquí dos meses atrás…

Han transcurrido  nuestros primeros días en Saint Lucia apreciando mucho el paisaje cultural, pronto nos tocará el contacto con Diamond Waterfalls… se dice que son las cascadas más hermosas de la isla.  Ya veremos,  hemos visto casi  cincuenta saltos de agua en Chiriquí,  muchos de ellos espectaculares, tendremos muchas opciones con las cuáles comparar al Diamante de Saint Lucia...




viernes, 27 de julio de 2012

BAJO LA BANDERA INGLESA....


Por Milagros Sánchez Pinzón (mspinzon@gmail.com) ombysa

Saint  Lucia fue descubierta por Cristóbal Colón en su cuarto y último viaje,  el día que los católicos celebran a la santa de ese nombre, pero fueron los franceses quienes se encargaron de colonizarla y, más tarde, los ingleses, de determinar la historia reciente de la isla.

Arribé a este territorio insular de  616 kilómetros cuadrados en vuelo nocturno de la aerolínea LIAT.   Se trataba de un pequeña y antiquísima aeronave que resonó durante la hora y 15 minutos que duró el viaje de Sint Maarten al aeropuerto G.F. Charles, en Castries, capital de Saint Lucia.

EL CATAYA
A unos 15 minutos al norte de la terminal aérea está el Cataya, atracado en la Rodney Bay Marina. Sus “heridas” son mínimas, después del impacto que sufrió contra otra embarcación en el Mar Caribe, mas lo suficiente para destruir una pieza que le impide usar las velas.  Vital componente que el capitán Livingston traerá desde Francia, donde construyeron este magnífico modelo Amel.

Es en los siguientes días cuando puedo apreciar algunas características de esta isla caribeña de Sotavento, que tiene a Venezuela a unos 330 kilómetros al sur.   Lo primero que impacta es la abundante cubierta vegetal que conserva.  Aunque aquí la gente se dedica a la explotación del banano y  de la caña, resaltan los modernos edificios y las llamativas residencias empotradas entre las boscosas montañas.


Rodney Bay concentra el turismo en esta parte norte.  Cientos de naves con banderas de diversas nacionalidades anclan en esta protegida bahía. Los centros comerciales de la zona son en su mayoría Duty Free; existen  numerosos bancos y  restaurantes; la limpieza de las calles es notoria y no se observan mendigos. 



Como es la primera vez que me encuentro en un  territorio bajo la tutela de la Gran Bretaña,  me  resulta difícil adaptarme a la costumbre de que la circulación de los automóviles es por la izquierda y que el timón de los vehículos está a la derecha.   Esto me lleva investigar que  el 34% del mundo conduce así.



 Esta práctica se remonta a la Edad Media, cuando los caballeros tomaban sus lanzas con la mano derecha  y competían a la derecha del rival y lo mismo sucedió con los cocheros que utilizaban el látigo para fustigar a los caballos  con la mano derecha y  se desplazaban por la izquierda de las calles.   Pero con la Revolución Francesa  vino  la imposición napoleónica de conducir por la derecha (porque Bonaparte era zurdo) y  casi la totalidad de los países europeos, conquistados por Francia, adoptaron esta regla. La excepción: Inglaterra, nación que El Corso no logró conquistar y se mantuvo fiel a su tradición que, luego, exportaría a sus principales colonias de ultramar, como Saint Lucia, donde me encuentro.




Merodeando por Rodney Bay Marina me encuentro con  la lugareña Mary y  su esposo William Charles. El, subido a un árbol de mango,  los atrapa con una especie de canasta y se los pasa a ella,  quien los obsequia a todo aquel que desee.  He desayunado esta suculenta fruta casi todos los días.


Una  noche, disfruto de piezas de jazz ejecutadas por un dúo de bajo y piano desde la piscina del Ocean Club y observo a los cientos de personas de distintas partes del planeta que disfrutan en diferentes locales  de la brisa marina  y el relajante sonido de las aguas.  Y me preguntó ¿por qué no existen lugares como estos  en mi lejana Bahía de Charco Azul, si  allá también los  parajes son hermosos?









miércoles, 25 de julio de 2012

REGRESO AL MEDITERRANEO AMERICANO...


Por: Milagros Sánchez Pinzón  (mspinzon@gmail.com) ombysa

El capitán Livingston ha tenido un accidente en su velero Cataya, en viaje desde Martinica hacia la isla de Saint Lucia.  Nada grave, pero amerita que le sean llevados unos documentos dejados en David.  Aunque el plan inicial era anclar el barco en Puerto La Cruz, Venezuela, para guarecerlo en la temporada de huracanes  y  alcanzar el Salto Angel, este incidente marítimo me induce nuevamente por las aguas del Mediterráneo americano: el Caribe.
La partida de ciudad de Panamá fue placentera. El tiempo del domingo 22 de julio de 2012 era favorable para viajar a las 7:38 a.m. de la terminal de Tocumen hacia el Princesa Juliana Aeropuerto, en Sint Maarten, donde haría una escala de ocho horas hasta abordar el vuelo que me llevaría a la inglesa isla de Saint Lucía. Como siempre, elijo una ventana para poder extasiarme con las multiformes y coloridas nubes y con las costas de Colombia y Venezuela, países sobre los cuales se vuela en este periplo de casi tres horas. 

Con tanto tiempo disponible, programé visitar Phillisburg, la capital del lado holandés de Sint Maarten, y por ello  dispuse entregar mi maleta y registrarme en la línea aérea, que a las 7:35 de la noche, me trasladaría hasta Santa Lucía.  Pero no podía creer lo que me informó el joven que me atendió: los panameños necesitan visa para entrar a la pequeña isla.  


En mi rudimentario inglés le dije que no podía ser, que había investigado por internet cuando compré los boletos (también adquiridos por la red) y se decía lo contrario.  El chico me enseñó la página (bastante usada) y, efectivamente, aparecía PANAMA en la lista de países que requerían visado.  

Contrariada e imaginando todo lo que esto representaba, se me agolpaban las preguntas en la cabeza.   ¿Habrá un consulado de Santa Lucia (lo dudo), como saldré de aquí, es domingo no hay nada abierto,  perderé mis quince días de vacaciones y regresaré a Panamá por mi estúpida negligencia, debí comprobar lo del visado de otra manera?

Busqué a alguien que hablara español y pudiera orientarme.  Una dominicana del servicio de información del Aeropuerto me recomendó fuera a la oficina de la aerolínea LIAT y allí, otra ciudadana de habla inglesa, se enteró en  mi “machucada”  lengua de Shakespeare lo que me estaba pasando.   La dama, fríamente, buscó en un libro de 2009 la lista de países que requerían visado para Saint Lucía y, milagrosamente, mi diminuto Istmo no estaba.   Llamó al chico encargado del “check in” y le aclaró.  Al joven no le quedó más remedio que volver a recibirme con mi pasaporte celeste y registrarme para que tomara el vuelo nocturno.  Después de pasar este tremendo susto -que espero no lo viva otro panameño-  por una página tan importante con información obsoleta, entonces me fui tranquila a Phillisburg.
La ciudad era otra, casi desierta, nada parecida a la que había visto en marzo reciente.  Las  marinas casi vacías, las playas con poca gente. Los negocios, de toda clase, permanecían cerrados en un 95%.   Voy a la misma Great Bay donde me tomé una foto meses atrás y me sorprendo de la somnolencia del lugar. 

Paty, una peruana, con sus hermanos, hijos y sobrinos,  que disfrutan de las celestes aguas del Caribe, me aclara que así es la isla. De diciembre a abril es la temporada de cruceros y llegan hasta diez  diarios,  por eso hay un turismo fuerte que marca el movimiento comercial,  pero  de mayo a noviembre todo languidece.    Ella lleva ocho años en Sint Maarten, labora en una distribuidora con unos galos y le agrada el sitio, aunque no ha sido fácil se ha adaptado a él, amalgama de tantas culturas:  holandesa, inglesa, francesa, caribeña y latinoamericana.

Me quedo con la numerosa familia suramericana buen rato. Ellos han oído de Panamá por el Canal y por los Panama hat.  No  saben quién es su presidente pero si que allá es más barato comparado con otros países.  Paty, Germán, Vanessa, y los pequeños Kensy, Daysi, Angelo y Patrick,  se dejan tomar una foto acompañados por Mordela, su perro, el único que es un  verdadero saintmartineño.
Decido que ya puedo retornar al aeropuerto, he hecho lo que casi nunca hago: volver  a un lugar ya visitado.   Me queda la enorme interrogante ¿de qué vivirá la gente aquí en los siete meses en los cuales no llegan las embarcaciones con sus miles de turistas a bordo?  ¿Qué será de ellos?    Sin saber la respuesta tomo un autobús que, por dos dólares, me regresará al Princesa Juliana a escribir estas líneas  mientras espero mi vuelo a Saint Lucía.    Cuáles serán las novedades de  ese otro mundo insular, solo espero que sean agradables sorpresas…

* Mi Mac tiene problemas con la antena de wi-fi así que mis artículos estarán atrasados.